Escribo bajo un impulso futbolístico, algo poco frecuente en mí, ya que no suelo echarme el fin de semana entero en un sillón para ver a un par de jugadores correr detrás de una pelota. Intento evitar dolores de cabeza como todo ser racional. Soy de esos tantos que dejaron de confiar en la selección uruguaya hace tiempo pero que, igualmente y a pesar de todo, mira cada partido con la esperanza de revertir esos pensamientos maléficos que surgen tras toparse nuevamente con la realidad de la selección.
Antes de empezar con mi exposición me veo obligada a hacer una aclaración. Existen equipos “malos” y “no tan malos”. Vale aclarar que la actitud de la selección frente a los primeros es totalmente distinta a aquella adoptada con los últimos, y creo que la tabla de resultados de diferentes años y en los distintos campeonatos basta para respaldar mi postura (se puede ganar a Brasil y días después perder contra Estados Unidos). Lo cierto es que esa diferencia de actitud radica en que frente a los “no tan malos” el afloje como equipo suele demorar un ratito más, mientras que con los restantes llega inmediatamente. Muchas razones pueden explicar esta tendencia, pero me inclino en el sentido de que cuando se mete un gol a un “malo” aparece la idea de que es dificilísimo que se revierta el resultado, pero cuando un “no tan malo” nos mete un gol, los hechos históricos alientan a los jugadores a seguir un poco más (sólo un poco).
Comienza el partido contra Venezuela. En los primeros minutos del partido uno dice “si, este es el día para Uruguay”. Tenemos todas las condiciones para coronarnos ganadores; somos locatarios, contamos con un plantel donde la mayoría de los jugadores están bien ubicados en renombrados equipos europeos y, lo mejor de todo, es que el equipo a enfrentar “es malo”. “Gollllllll de Uruguay”, “Soy celeste, soy celeste, celeste soy yo”, se escucha en casi todos los rincones del país; en el estadio, en la casa del vecino, o en el bar de la esquina. Era evidente que se venía el gol, ya que la amenaza de la camiseta celeste en el área del contrario era casi una constante del partido. Un gol contra un “equipo malo” a los 11 minutos del primer tiempo da para pensar que se viene una goleada. Alto ahí, es la selección uruguaya, ¿qué viene después del primer gol a un equipo “malo”?. Si, me olvidaba del descanso, de esa maldita manía de dormirse en los laureles bajo la creencia de que se viene una goleada, por la simple creencia de que va ser muy difícil para los rivales revertir el resultado. Así es que llega, tarde o temprano, el gol del adversario que generalmente tiene una actitud de trabajo en equipo, esfuerzo y constancia mucho más presente que en La Celeste, cuya reacción, generalmente, suele llegar demasiado tarde como para revertir la situación y cambiar la cara de miles de uruguayos que confiaban en que se vez iba a poder vencer al ya famoso El Descanso. Luego viene el querido pudo ser, o será y así se sigue en un circulo vicioso que toma los hechos históricos a conveniencia y omite, una y otra vez, esta actitud que, a mi criterio, es la gran culpable de la realidad del fútbol uruguayo en este caso.
Y ¿porqué en este caso? Porque esta actitud de descanso se manifiesta en diversas áreas de la sociedad. Sale un nuevo alfajor al mercado: excelente, potente, lleno de dulce de leche y con un baño de chocolate que hace que uno se chupe de los dedos. Lo increíble es que uno obtiene ese producto por tan solo 12 pesos, cuando por el mismo precio venden uno pequeño, con poco dulce y con un baño que se le parece a cualquier cosa menos a chocolate. Una vez que este espectacular producto se hace medianamente conocido, no solo aumenta el precio, sino que baja la calidad.
Y lo mismo aparece con los planes de gobierno, con las reformas y con todo lo que requiera esa palabra de 10 letras -que de tan larga parece aburrir- que es, nada menos que C-O-N-S-T-A-N-C-I-A.
Antes de empezar con mi exposición me veo obligada a hacer una aclaración. Existen equipos “malos” y “no tan malos”. Vale aclarar que la actitud de la selección frente a los primeros es totalmente distinta a aquella adoptada con los últimos, y creo que la tabla de resultados de diferentes años y en los distintos campeonatos basta para respaldar mi postura (se puede ganar a Brasil y días después perder contra Estados Unidos). Lo cierto es que esa diferencia de actitud radica en que frente a los “no tan malos” el afloje como equipo suele demorar un ratito más, mientras que con los restantes llega inmediatamente. Muchas razones pueden explicar esta tendencia, pero me inclino en el sentido de que cuando se mete un gol a un “malo” aparece la idea de que es dificilísimo que se revierta el resultado, pero cuando un “no tan malo” nos mete un gol, los hechos históricos alientan a los jugadores a seguir un poco más (sólo un poco).
Comienza el partido contra Venezuela. En los primeros minutos del partido uno dice “si, este es el día para Uruguay”. Tenemos todas las condiciones para coronarnos ganadores; somos locatarios, contamos con un plantel donde la mayoría de los jugadores están bien ubicados en renombrados equipos europeos y, lo mejor de todo, es que el equipo a enfrentar “es malo”. “Gollllllll de Uruguay”, “Soy celeste, soy celeste, celeste soy yo”, se escucha en casi todos los rincones del país; en el estadio, en la casa del vecino, o en el bar de la esquina. Era evidente que se venía el gol, ya que la amenaza de la camiseta celeste en el área del contrario era casi una constante del partido. Un gol contra un “equipo malo” a los 11 minutos del primer tiempo da para pensar que se viene una goleada. Alto ahí, es la selección uruguaya, ¿qué viene después del primer gol a un equipo “malo”?. Si, me olvidaba del descanso, de esa maldita manía de dormirse en los laureles bajo la creencia de que se viene una goleada, por la simple creencia de que va ser muy difícil para los rivales revertir el resultado. Así es que llega, tarde o temprano, el gol del adversario que generalmente tiene una actitud de trabajo en equipo, esfuerzo y constancia mucho más presente que en La Celeste, cuya reacción, generalmente, suele llegar demasiado tarde como para revertir la situación y cambiar la cara de miles de uruguayos que confiaban en que se vez iba a poder vencer al ya famoso El Descanso. Luego viene el querido pudo ser, o será y así se sigue en un circulo vicioso que toma los hechos históricos a conveniencia y omite, una y otra vez, esta actitud que, a mi criterio, es la gran culpable de la realidad del fútbol uruguayo en este caso.
Y ¿porqué en este caso? Porque esta actitud de descanso se manifiesta en diversas áreas de la sociedad. Sale un nuevo alfajor al mercado: excelente, potente, lleno de dulce de leche y con un baño de chocolate que hace que uno se chupe de los dedos. Lo increíble es que uno obtiene ese producto por tan solo 12 pesos, cuando por el mismo precio venden uno pequeño, con poco dulce y con un baño que se le parece a cualquier cosa menos a chocolate. Una vez que este espectacular producto se hace medianamente conocido, no solo aumenta el precio, sino que baja la calidad.
Y lo mismo aparece con los planes de gobierno, con las reformas y con todo lo que requiera esa palabra de 10 letras -que de tan larga parece aburrir- que es, nada menos que C-O-N-S-T-A-N-C-I-A.
Uruguay. Un país “que tiene todas las condiciones” de ser, todo el potencial al alcance de sus manos, pero que prefiere quedarse en fragmentos de la historia que selecciona a su antojo, mientras se duerme en los laureles de que en un futuro será. Mañana no, es domingo, hace frío y comienza paro de ADEOM.
