sábado, 14 de junio de 2008

Cuando Juega Uruguay

Escribo bajo un impulso futbolístico, algo poco frecuente en mí, ya que no suelo echarme el fin de semana entero en un sillón para ver a un par de jugadores correr detrás de una pelota. Intento evitar dolores de cabeza como todo ser racional. Soy de esos tantos que dejaron de confiar en la selección uruguaya hace tiempo pero que, igualmente y a pesar de todo, mira cada partido con la esperanza de revertir esos pensamientos maléficos que surgen tras toparse nuevamente con la realidad de la selección.

Antes de empezar con mi exposición me veo obligada a hacer una aclaración. Existen equipos “malos” y “no tan malos”. Vale aclarar que la actitud de la selección frente a los primeros es totalmente distinta a aquella adoptada con los últimos, y creo que la tabla de resultados de diferentes años y en los distintos campeonatos basta para respaldar mi postura (se puede ganar a Brasil y días después perder contra Estados Unidos). Lo cierto es que esa diferencia de actitud radica en que frente a los “no tan malos” el afloje como equipo suele demorar un ratito más, mientras que con los restantes llega inmediatamente. Muchas razones pueden explicar esta tendencia, pero me inclino en el sentido de que cuando se mete un gol a un “malo” aparece la idea de que es dificilísimo que se revierta el resultado, pero cuando un “no tan malo” nos mete un gol, los hechos históricos alientan a los jugadores a seguir un poco más (sólo un poco).

Comienza el partido contra Venezuela. En los primeros minutos del partido uno dice “si, este es el día para Uruguay”. Tenemos todas las condiciones para coronarnos ganadores; somos locatarios, contamos con un plantel donde la mayoría de los jugadores están bien ubicados en renombrados equipos europeos y, lo mejor de todo, es que el equipo a enfrentar “es malo”. “Gollllllll de Uruguay”, “Soy celeste, soy celeste, celeste soy yo”, se escucha en casi todos los rincones del país; en el estadio, en la casa del vecino, o en el bar de la esquina. Era evidente que se venía el gol, ya que la amenaza de la camiseta celeste en el área del contrario era casi una constante del partido. Un gol contra un “equipo malo” a los 11 minutos del primer tiempo da para pensar que se viene una goleada. Alto ahí, es la selección uruguaya, ¿qué viene después del primer gol a un equipo “malo”?. Si, me olvidaba del descanso, de esa maldita manía de dormirse en los laureles bajo la creencia de que se viene una goleada, por la simple creencia de que va ser muy difícil para los rivales revertir el resultado. Así es que llega, tarde o temprano, el gol del adversario que generalmente tiene una actitud de trabajo en equipo, esfuerzo y constancia mucho más presente que en La Celeste, cuya reacción, generalmente, suele llegar demasiado tarde como para revertir la situación y cambiar la cara de miles de uruguayos que confiaban en que se vez iba a poder vencer al ya famoso El Descanso. Luego viene el querido pudo ser, o será y así se sigue en un circulo vicioso que toma los hechos históricos a conveniencia y omite, una y otra vez, esta actitud que, a mi criterio, es la gran culpable de la realidad del fútbol uruguayo en este caso.

Y ¿porqué en este caso? Porque esta actitud de descanso se manifiesta en diversas áreas de la sociedad. Sale un nuevo alfajor al mercado: excelente, potente, lleno de dulce de leche y con un baño de chocolate que hace que uno se chupe de los dedos. Lo increíble es que uno obtiene ese producto por tan solo 12 pesos, cuando por el mismo precio venden uno pequeño, con poco dulce y con un baño que se le parece a cualquier cosa menos a chocolate. Una vez que este espectacular producto se hace medianamente conocido, no solo aumenta el precio, sino que baja la calidad.

Y lo mismo aparece con los planes de gobierno, con las reformas y con todo lo que requiera esa palabra de 10 letras -que de tan larga parece aburrir- que es, nada menos que C-O-N-S-T-A-N-C-I-A.
Uruguay. Un país “que tiene todas las condiciones” de ser, todo el potencial al alcance de sus manos, pero que prefiere quedarse en fragmentos de la historia que selecciona a su antojo, mientras se duerme en los laureles de que en un futuro será. Mañana no, es domingo, hace frío y comienza paro de ADEOM.

martes, 10 de junio de 2008

EXPECTATIVAS AJENAS ... nunca se que titulo usar

Llega a una fiesta. Miradas y miradas se clavan en su vestido (¿qué se puso?, ¿dónde lo habrá comprado?, ¡que mal le queda!, se lo compró en aquella tienda de segunda mano, yo tengo el mismo y le queda mejor que a mi, ¡que figura que tiene!). Dije el vestido por no decir el pelo, el maquillaje, los zapatos, el abrigo y la actitud, que también se ajustan al caso. Cuando se entregan pruebas, parciales o exámenes siempre está aquél que se desnuca por ver qué nota se sacó el que está en la otra punta del salón (su calificación, ¿será más o menos alta que la mía?). Cuando alguien recibe alguna mención, varios ojitos brillantes rodean la figura del distinguido/a (pensar que este era un vago, yo creo que fue algo injusto el nombramiento porque fulanito/a es más trabajador, ¡que desubicada, como va actuar así ante el jefe!, ¡que corbata horrible!). Lo mismo sucede con la adquisición de un auto, una casa o con el simple acto de realizar un comentario en una conversación entre amigos o compañeros de trabajo.

¡Y cuanta razón tienen cuando dicen que una mirada dice más que mil palabras! No digo que no hayan miradas sinceras y de alegría frente a la felicidad del otro. Claro que las hay, pero hoy menciono las más perversas, esas que distinguimos bien de las pacíficas y positivas. Las enemigas del autoestima, las que hacen que uno explote y vomite esta serie de ideas. Las miradas malévolas pueden destruir cuanta cosa se atraviese por el camino. ¿Por qué será que existen quienes sufren el logro ajeno?

Muchas veces siento que formo parte de la competencia que para muchos constituye el sentido de la vida. Se trata de un proceso conocido pero que, como tantas cosas, se desenvuelve en el silencio. Los adversarios, vestidos de personas, miran constantemente a mi lado para corroborar dónde estoy, qué hago y cómo me muevo y visto. Lo más triste es que no siempre se trata de alcanzar una recta de llegada trazada por uno, sino de una meta impuesta que ubica las propias en el plano de la abstracción.
Hay “jueces” y “espectadores” en las tribunas con la expectativa de que uno triunfe. Hay “competidores” que te incluyen en la carrera sin concesión. Pero todo ocurre en silencio. Resulta muy difícil no sentirse parte de algo cuando todos sus miembros te creen integrante; te imponen pautas de comportamiento y te exigen actitudes que determinarán tu inclusión o no a cierta esfera. En pocos lados de mi vida no hay carrera, y como no me interesan las competencias muchas veces me pierdo. Por eso, cuando encuentro quien se alegra de mis logros y me seca las lágrimas, sin apariencias ni mentiras, me afierro como a un mástil por el simple hecho de que encontré a alguien transparente y que, si miró a mi lado, no fue para ver dónde estaba, sino para ver cómo estaba.

Cansada del discurso hipócrita que, por un lado y en la oratoria, difunde que hay que ser libre y que hay que vivir sin importarle lo que piensen los demás pero que, por otro lado, si uno traspasa los parámetros impuestos es sancionado... Cansada de tanta mirada maléfica, de muchos “felicitaciones” falsos, de miles de sonrisitas irónicas, y de la constante exigencia de ser algo o alguien que a uno no le interesa, escribo mis pensamientos.

Detectar la presencia de seres transparentes que se presentan ante nosotros, detenerlos, no dejarlos ir o refugiarnos en la utopía son puertas de salida que permiten escapar esta carrera que, en mi opinión, cesa solamente con la muerte.