martes, 10 de junio de 2008

EXPECTATIVAS AJENAS ... nunca se que titulo usar

Llega a una fiesta. Miradas y miradas se clavan en su vestido (¿qué se puso?, ¿dónde lo habrá comprado?, ¡que mal le queda!, se lo compró en aquella tienda de segunda mano, yo tengo el mismo y le queda mejor que a mi, ¡que figura que tiene!). Dije el vestido por no decir el pelo, el maquillaje, los zapatos, el abrigo y la actitud, que también se ajustan al caso. Cuando se entregan pruebas, parciales o exámenes siempre está aquél que se desnuca por ver qué nota se sacó el que está en la otra punta del salón (su calificación, ¿será más o menos alta que la mía?). Cuando alguien recibe alguna mención, varios ojitos brillantes rodean la figura del distinguido/a (pensar que este era un vago, yo creo que fue algo injusto el nombramiento porque fulanito/a es más trabajador, ¡que desubicada, como va actuar así ante el jefe!, ¡que corbata horrible!). Lo mismo sucede con la adquisición de un auto, una casa o con el simple acto de realizar un comentario en una conversación entre amigos o compañeros de trabajo.

¡Y cuanta razón tienen cuando dicen que una mirada dice más que mil palabras! No digo que no hayan miradas sinceras y de alegría frente a la felicidad del otro. Claro que las hay, pero hoy menciono las más perversas, esas que distinguimos bien de las pacíficas y positivas. Las enemigas del autoestima, las que hacen que uno explote y vomite esta serie de ideas. Las miradas malévolas pueden destruir cuanta cosa se atraviese por el camino. ¿Por qué será que existen quienes sufren el logro ajeno?

Muchas veces siento que formo parte de la competencia que para muchos constituye el sentido de la vida. Se trata de un proceso conocido pero que, como tantas cosas, se desenvuelve en el silencio. Los adversarios, vestidos de personas, miran constantemente a mi lado para corroborar dónde estoy, qué hago y cómo me muevo y visto. Lo más triste es que no siempre se trata de alcanzar una recta de llegada trazada por uno, sino de una meta impuesta que ubica las propias en el plano de la abstracción.
Hay “jueces” y “espectadores” en las tribunas con la expectativa de que uno triunfe. Hay “competidores” que te incluyen en la carrera sin concesión. Pero todo ocurre en silencio. Resulta muy difícil no sentirse parte de algo cuando todos sus miembros te creen integrante; te imponen pautas de comportamiento y te exigen actitudes que determinarán tu inclusión o no a cierta esfera. En pocos lados de mi vida no hay carrera, y como no me interesan las competencias muchas veces me pierdo. Por eso, cuando encuentro quien se alegra de mis logros y me seca las lágrimas, sin apariencias ni mentiras, me afierro como a un mástil por el simple hecho de que encontré a alguien transparente y que, si miró a mi lado, no fue para ver dónde estaba, sino para ver cómo estaba.

Cansada del discurso hipócrita que, por un lado y en la oratoria, difunde que hay que ser libre y que hay que vivir sin importarle lo que piensen los demás pero que, por otro lado, si uno traspasa los parámetros impuestos es sancionado... Cansada de tanta mirada maléfica, de muchos “felicitaciones” falsos, de miles de sonrisitas irónicas, y de la constante exigencia de ser algo o alguien que a uno no le interesa, escribo mis pensamientos.

Detectar la presencia de seres transparentes que se presentan ante nosotros, detenerlos, no dejarlos ir o refugiarnos en la utopía son puertas de salida que permiten escapar esta carrera que, en mi opinión, cesa solamente con la muerte.

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