domingo, 17 de febrero de 2008

87 años no llegan solos, pero quizás uno llega solo...

Alcides despierta ni bien el sol se asoma en el cielo montevideano.
Toma el termo y el mate, su vieja radio que adquirió en el 62 y abre la puerta.
Todas las mañanas se sienta en una silla de playa y observa que todo esté en su lugar.
A los pocos minutos aparece Juan, el lechero, Luis, el diariero y Claudia que sale a limpiar la vereda. Don Alcides observa, saluda y contempla los olores, sonidos y personajes de esa calle que lo vio crecer. Este panorama se extiende hasta pasadas las 10 cuando llega Delia, una mujer que trabaja en la casa de Alcides hace más de veinte años.

Delia tiene 45 años y es de Rivera. Hace 30 años que vive en Montevideo y dice que no se ha acostumbrado a la ciudad. Lo cierto es que no quiere dejar atrás su pasado rural y posee, o finge tener, un dejo paisano que hace que le asusten los edificios, la cantidad de autos y, más aún, las escaleras mecánicas, algo que divierte mucho al “don” e incluso resulta objeto de burla. Delia se ha convertido en una gran amiga para Alcides. Además de limpiarle un poco la casa, cocinarle el almuerzo y cena y verificar si ha tomado los medicamentos, Delia entabla largas conversaciones con Alcides donde recorren, más que nada, el pasado y el presente. Comentan alguna que otra noticia y chusmean hasta desembocar en la última etapa que se llama Blanca. Blanca, el amor de la vida de Alcides, su primera y única mujer que, por circunstancias de la vida y como bien comenta, partió hacia cielo “porque es un ángel”. Guarda su foto en la mesa de luz y, cada noche, conversa con ella y la evoca cuando toca el piano.

Alcides tiene 3 hijos: Carlos Julio, Mariana y Alberto. Carlos Julio vive en España y viene una vez por año a Uruguay. Alberto vive en Melo con Julia. Tienen dos hijos que viven en Montevideo por temas de estudio y trabajo, Pablo de 27 y Lucía de 20. Mariana está casada con Luis y tiene tres hijos: Daniela de 23, Pablo de 26 y Martín de 17.

Según Alcides, sus hijos y nietos están muy ocupados; algunos con el estudio y otros con el trabajo, por lo que no tienen mucho tiempo para visitarlo. Recibe una o, como mucho, dos visitas a la semana. Se ocupan de las cuentas y trámites, pero no mucha visita, algo muy común hoy en día donde la gente suele “estar muy ocupada”. Mejor dicho, se ocupa cuando no conviene y se desocupa cuando le interesa. Es un hecho que también ha pasado a formar parte de su vida rutinaria. Una vida que transcurre entre medio de mateadas matutinas en la vereda, charlas con Delia y Blanca, alguna que otra vuelta por el barrio y alguna visita de sus hijos o nietos, aunque no en demasía.

Es feliz, no se queja. Sin embargo, la ausencia de Blanca, su compañera de la vida, cambió completamente sus días. Muchas veces recuerda aquellos años donde Alberto, Mariana y Carlos Julio eran pequeños y correteaban por la calle que hoy contempla en las mañanas. Recuerda los asados de domingos, las idas a la cancha, al tablado, al hipódromo y al parque en familia. Aquellos cumpleaños y reuniones con gente del barrio. Recuerda aquellos tiempos y no comprende. Muchas veces piensa que todo lo construido se dispersó con el viento e incluso se pregunta, de a ratos, si acaso hizo algo mal para estar tan solo.

Un ser tan humano que deposita, día a día, recuerdos, lecciones y experiencias de vida en la alcancía de la vejez, ese es Alcides. Una alcancía que nadie quiere y que es tan necesaria. “Perdón, es que nadie tiene tiempo para tomarla”, dirían los ocupados.
Alcides siempre amo a su mujer aunque su ausencia le demostró la implicancia que tenía en su vida. Hoy, toma mate en la vereda mientras contempla las viejas fotografías de sus niños correteando por las calles del barrio, yendo hacia la escuela, enamorándose, casándose y creciendo. Fotografías que guarda, con una lágrima, en esa alcancía que quizás algún día, en su ausencia, alguien se tome el trabajo de abrir y notar la implicancia de Alcides en la vida de alguien que no podrá hablar, pues ya será tarde...

Pasadas las 10 levanta su silla y entra. Llegó Delia.

No hay comentarios: